Has pensado....

: : : ―Deberías ver los ojos de Axel ―contesté dándole la espalda mientras caminaba hacia la ventana que (no fue ninguna sorpresa) estaba cubierta por tablas.
«Incluso tú llorarías al ver esos ojos.» : : :

miércoles, 27 de octubre de 2010

Paredes de piedra

El oscuro deseo de la vista y los sentidos me atrapó mientras contemplaba su figura hacer no recuerdo qué.

La sensación de perder mi habilidad (o la respuesta autómata de mi organismo) de respirar, fue un placer temporal que duró tan sólo unos cuantos segundos, pero que permaneció grabado a fuego en mi mente.

La abrumadora visión de su cuerpo moviéndose al compás de caricias musicales que llegaban del mismo cielo, la exagerada necesidad de pasar mis dedos por esa piel dorada y humedecer mi palma con su sudor; me hacían perder el sentido de la razón.

Me sentía maravillado. Me sentía saturado de luz, a pesar de que sólo habían tres lastimeras velas con sus flamas cubiertas de depresión, iluminando la pequeña y húmeda habitación. El frío se alcanzaba a colar a través de las gruesas piedras de aquel castillo medieval, pero su figura desnuda se mostraba orgullosa y vanidosa delante de mí.

Mi hombre perfecto. Mi amante sin defecto, su figura humana.

Mientras descansaba sobre el lecho, cubierto por gruesas pieles de animales, deseaba tener su firmeza en mí. Recibir su fuerza y virilidad entre un abrazo húmedo y estrecho.

Las velas ardían. Su piel brillaba por ese sudor salado y mis piernas lo recibieron como sólo se puede recibir a un rey: con obediencia y una gran sonrisa.

Sus jadeos, que se estrellaban en mis oídos, me llevaron dejaron en un mundo de perdición y locura carnal, a un mundo de oscuras tentaciones y decrépitas ideas de odio y rencor. Los moribundos pensamientos de locura fueron reemplazados por unos de amor desenfrenado y pasión incalculable.

Aquella noche, a mitad de la habitación, el deseo se apoderó de mi cuerpo y el amor calentó mi corazón hasta que, nuevamente, comenzó a latir.

Abrí mis ojos y comprendí, con una gran claridad, que mi vida había comenzado otra vez.

martes, 26 de octubre de 2010


“Las imágenes capturan los sentimientos,


encarcelan las sensaciones, los fracasos los hacen palpables,


los triunfos aún más importantes".


Una imagen definitivamente dice mucho, pero a la vez deja bastante a la imaginación.

Con una imagen, un sin fin de historias fluyen por la mente del espectador.

En su ojo nace el personaje, la trama, las complicaciones e incluso el enemigo y quizás, con un poco de suerte, el verdadero amor.

Todo nace de una sola imagen, todo nace de una sola fotografía.


Estas fotografías no son propiedad mía sino que
fueron recolectadas de páginas públicas de internet.
Si alguna de estas imágenes
se encuentran protegidas bajo los registros de derecho de autor,
serán eliminadas.


Ventana II

Cuando el ya no tan pequeño Andrés llegó esa tarde de la práctica de natación, entró a su habitación fastidiado y desesperado. Tuvo un día pésimo en la preparatoria donde empezaba su último año y en la alberca no se pudo concentrar lo suficiente para tener un “desempeño satisfactorio”, como decía su entrenadora a quien en ese momento quiso arrancarle la cabeza, cual Perseo frente a Medusa. Lo hostigó hasta que se cansó para que subiera su ritmo.

“Mueve más las piernas”, “estira más los brazos”, “¡ya no eres un novato Andrés!”. Una verdadera tortura. Esa tarde, uno de los pocos lugares donde verdaderamente podía relajar, no le sirvió de nada.

Además, por si fuera poco, su madre estaba de genio (aparentemente con todo el mundo) y no preparó la cena que le había pedido —y que lo había ilusionado todo el día—, y su hermana estaba, en una palabra, insoportable.

Lo que pareció animar un poco al muchacho fue que cuando entró a su habitación, ya de noche, un tono de tinta color plata cubría su cama como si fuera una manta hecha por las mismas estrellas. Se dejó caer, rindiéndose ante el cansancio y el enojo, y cerró sus ojos para poder pensar en todo lo que sucedió en el día.

El maldito estúpido que lo había molestado hasta el límite del cansancio (y de los golpes) en la preparatoria, su entrenadora que parecía más un comandante militar, su madre y su hermana. Todos.

Poco a poco, sintió el alivio de poder estar sólo, en su habitación. En un templo completamente privado al que nadie más tenía acceso. Su propio mundo y universo había sido, y seguía siendo, su habitación.

Recordó entonces aquellas lejanas noches en que solía asomarse por su ventana para contemplar la ciudad, aunque desafortunadamente para esos días varios edificios habían crecido como árboles a varias cuadras de su casa y ya no podía ver aquel bosque encantado que brillaba en la noche, debido al aleteo incansable de las hadas.

Recordó la alegría, la emoción y la eminente erección que le provocaba contemplar a su vecino (desde hacía ya algunos años egresado de la universidad y desaparecido completamente de todo el mundo) desde su alcoba, donde aguardaba agazapado, atento cual felino, dejándose hechizar por el cuerpo, los movimientos y la mágica presencia de la figura humana, seductora. Infinitamente seductora y que incitaba a la satisfacción de deseos por medio de la plenitud masculina.

Mientras contemplaba a su vecino, una sola idea cruzaba firmemente por la cabeza de Andrés: sabía que a través de cuerpos como ése, alcanzaría la satisfacción y plenitud que tanto anhelaba.

Desafortunadamente la ilusión duró poco. Hacía un par de años que su vecino no llegaba a casa y se paseaba por ella, salía al patio o se contemplaba frente al espejo en su habitación. De hecho, parecía que la casa estaba deshabitada y supuso eso puesto que nunca vio a nadie más ahí, entrar o salir, de noche o de día. Nada.

Esa noche, presa de la desesperación, del enojo y todos los frustrantes sentimientos que traía dentro de sí, Andrés se asomó nuevamente por su ventana movido por el último registro de ánimo, por ese último grano de esperanza de ver aquella habitación iluminarse y a aquel dios griego desnudarse frente a él, asomó su cabeza y dirigió su mirada, pero solo vio un recuadro oscuro y sin vida. Muerto. Marchito e inerte y aventado completamente al olvido. A la buena de Dios.

Sin embargo, sí encontró consuelo —al menos un poco— en sus recuerdos.

Su memoria le pasó unas divertidas imágenes de aquél lejano día, cuando salió a patinar por las calles cercanas a su casa y se topó con un chico mayor que él, atractivo, con buen cuerpo y que había estado espiando en secreto desde su propia habitación. Cuando dio la vuelta a una esquina, Mauricio —su hermoso vecino— caminaba sosteniendo con una mano su teléfono celular y con la otra la correa de su labrador dorado, Lambrussco.

—¡Lo siento! —gritó Andrés cuando por poco chocaba contra Mauricio.

El joven solamente lo siguió con la mirada, giró su cabeza y continuó hablando por teléfono. Gracias al desafortunado encuentro, Andrés no se dio cuenta que estaba a escasos pasos de una señal de tránisto. Para cuando intentó recuperar sus sentidos, momentáneamente olvidados por el exquisito aroma que dejó el cuerpo de Mauricio, ya era muy tarde.

Tirado en la calle, con su codo raspado y un rostro que se debatía entre llorar o considerar aquello como una cicatriz de guerra (a sus 14 años), Andrés sintió un lengüetazo en la cara. Lambrussco, el labrador que era de su mismo tamaño estaba enseguida de él, Andrés se sobresaltó y fue la primera vez que vio a Mauricio directamente, sin esconderse.

—Tranquilo, es muy juguetón —dijo el joven— no hace nada. ¿Estas Bien?

—S- sí —contestó Andrés mientras intentaba ponerse de pie.

Sus piernas no le respondían y con los patines le fue un poco difícil pararse. Mauricio le extendió su mano y lo ayudó pero su rodilla se quejó ante el esfuerzo y se dobló. Entonces, con la ayuda de Mauricio, se recargó de su hombro y llegaron hasta la casa, con los patines en una mano y Lambrussco caminando enseguida de él.

La escena le resultaba sumamente graciosa, en su mente se repetía lo estúpido y estúpido que era, con una silenciosa carcajada, riéndose de su suerte.

Esa noche, Andrés recordó aquél lejano día en que conoció y habló por primera vez con Mauricio. Sencillamente todo en él lo cautivó. Su sonrisa, sus ojos, la nariz y esos labios tan deliciosos que se antojaban solos o acompañados de todo lo demás. Andrés se alumbró con sus recuerdos en aquella oscura habitación, y encendió de nuevo la esperanza de volverse a encontrar con su irresistible vecino.

Al día siguiente, la rutina de su jornada no mejoró mucho, en comparación con la anterior, pero al menos en el entrenamiento pudo conversar con Xavier, el chico nuevo que acababa de llegar a la escuela y a la ciudad. Era bueno en el agua —y se veía sumamente atractivo con su pecho y su espalda mojados—, tenía buenas piernas y su conversación era interesante. No hablaba y hablaba de chicas, de todo lo que quería y no podía hacer o de las fantasiosas borracheras que supuestamente habían tenido todos sus compañeros. No era falso.

Después de varias semanas, Andrés y Xavier se volvieron amigos muy unidos. Así que, un fin de semana, el más confuso, excitante, arriesgado y emocionante fin de semana, Andrés invitó a su amigo a ver películas y jugar videojuegos hasta que los ojos se les secaran.

Pasaron la noche entre juegos, comedias, terror y decepcionantes películas de extraterrestres, hasta que el sueño los comenzó a vencer.

Andrés se acomodó en su cama y Xavier se intentó tranquilizar en el piso de la habitación.

Cerca de las cuatro de la mañana, Andrés se despertó gracias a unos ruidos que provenían del patio de su casa. No, no era de ahí, sino del patio de la casa de Mauricio. Sol ladraba y ladraba, lo que significaba que alguien estaba en la casa. Se asomó con cautela por su ventana e intentó observar a través de la oscuridad. Pero no fue necesario porque había luz dentro de la casa, el pelo dorado de Lambrussco brillaba y bailaba por todos lados, como si por fin hubiera sido liberado.

No podía ser. Simplemente no podía ser.

Esa noche, la ventana de Mauricio, por fin se volvió a iluminar.

Fue una noche llena de emociones, y confusiones. Mauricio había regresado, después de tantos años y de quien sabe dónde. Por fin lo volvió a ver, como antes solía hacerlo, esa noche, el hombre que invadía todos sus sueños y del que estaba secreta y silenciosamente enamorado (o al menos obsesionado) había regresado, pero también esa noche, Xavier, con una mano en la entrepierna de su amigo y la otra en su pecho, de rodillas en el piso de la habitación, reconoció estar secreta y silenciosamente enamorado (o al menos obsesionado) con Adrián.

Así que ese fin de semana, el más confuso, excitante, arriesgado y emocionante fin de semana, Andrés decidió besar a su amigo, aunque dentro de su mente imaginara los labios, con aquella barba que crecía, de su vecino.

domingo, 17 de octubre de 2010

Historia

La historia de cada uno de nosotros, la historia del mundo y la sociedad en la que vivimos, la historia de los que nos rodean; para nosotros, comienza desde el momento en que tenemos conciencia de lo que sucede a nuestro alrededor, por pequeño que esto sea.

Lo demás, lo que sucede antes de nuestra llegada a este mundo de días y noches, todo eso son meros mitos y leyendas.
Enviado desde mi oficina móvil BlackBerry® de Telcel

sábado, 16 de octubre de 2010

Si no ponemos atención con las cosas simples, entonces cómo demonios pretenderemos atacar las cosas que son verdaderamente complicadas en la vida.

El problema, realmente, radica en contestar atinadamente la siguiente interrogante: ¿Cómo diferenciamos entre las cosas simples y las que son verdaderamente complicadas?

sábado, 9 de octubre de 2010

Colección de Luces

Las luces te guían...

...pero, al final del día, si es que decides seguirlas...

... ¿qué encontrarás? ¿Qué te estará aguardando allá, donde las luces brillan?...


... al final del día, si es que decides seguirlas, encontrarás lo que has estado buscando...

... nada más y nada menos que eso... sólo lo que has estado buscando.
Las luces te guían, pero al final del día, quien decide seguirlas, o darles la espalda, eres tú...



miércoles, 6 de octubre de 2010

Colección de Blanco, Negro y Gris.

Transito ahora por el inicio de un nuevo interés. Además de la escritura, la fotografía siempre me ha parecido sumamente cautivadora, el encontrar la imagen perfecta, y sobre todo saber sacarla y darla a relucir es un proceso emocionante. Comparto con ustedes estas imágenes.

"Un paisaje desolado, enmedio de la nada, con un enorme deseo de ser reconocido. un paisaje desolado, que busca caminar de la mano de un amigo, de la mano de un conocido".

"Los colores de la vida, no solamente enmarcan el cielo, nos acompañan también a través de aventuras y vuelos en las alturas".


"La decisión de una vida, la oportunidad del día. No debemos desaprovechar la oportunidad del día para tomar la decisión de una vida".

"La Furia quiso romper el Agua. Pero el Agua fue más fuerte y solamente se rió de los terribles deseos de la Furia".

"Era como flotar sobre nubes, solo que más húmedo".

Próximamente... "Colección de Luces. Noche".


lunes, 4 de octubre de 2010

Ventana

La fresca brisa de la noche acariciaba el delgado y fino cabello del pequeño Andrés, quien gustaba de contemplar el mundo que se extendía a sus pies ―y delante de sus ojos― fuera de la casa en la que vivía desde que tenía tres años de edad, aunque él no lo recordara. Podía pasar horas y horas recargado en el marco de la ventana, mientras imaginaba el sin fin de aventuras que le aguardaban ahí afuera, a escasos metros de distancia.

La libertad se veía bastante tentadora.

Andrés era un niño como muchos otros: delgado, con el cabello castaño claro (algunos decían, incluso, que era de color cobre), su carita estaba salpicada de pequeñas pecas y tenía los ojos de un color tan azul, tan profundo, que el reflejo de una persona se perdía completamente. Eran dos ventanas al alma del pequeño de once años.

El niño tenía cierta afición por los animales, especialmente por los gatos ―aunque gracias a las alergias de su madre y hermana tenían a una perra San Bernardo, así que Andrés comenzó a aceptar también la compañía canina―.

Una noche, antes de que el pequeño Andrés cumpliera doce años, todos en su casa estaban dormidos: su padre y su madre en su habitación, su hermana mayor en la suya y Sol, la enorme perra, al lado de él, haciéndole compañía.

Pero el pequeño Andrés no podía conciliar el sueño. No sabía por qué motivo, simplemente no podía dormir. Así que aventó las cobijas al suelo de la habitación, abrió sus persianas y contemplo la ciudad en la que vivía.

Era muy chico para pensar en eso, pero la ciudad que veía todas las noches era una mezcla de sentimientos humanos (y por humanos me refiero a los más terribles) y falsos dioses que necesitan de la estúpida idolatría de sus seguidores: políticos, cantantes, sacerdotes y hombres que pretenden ser una cosa pero resultan solo ser lo peor de la raza humana. Homicidas, violadores, secuestradores. La ciudad estaba llena de depravados y gente psicópata, enferma, que no interpone valor alguno a sus actividades repugnantes.

Andrés era muy pequeño para saber eso, y era una fortuna que así fuera. Aquella noche se dejó maravillar con las estrellitas amarillas que iluminaban la ciudad. En su mente dibujó un bosque: enorme, con hadas que lo hacían brillar desde dentro, e infinidad de cuerpos místicos, como todas esas criaturas que aparecían en los cuentos. Hada. ¿Cuál es el masculino para “hada”? Le gustaría llegar a ser uno de esos...

No había mucho que hacer y Andrés estaba aburrido, contemplaba el vasto mundo de la ciudad hsta que una luz atrajo su vista. No era una luz de la calle, del alumbrado; o de algún automóvil. Era la luz de una habitación como la suya. En lo alto del segundo nivel de la casa que estaba detrás y hacia el lado izquierdo de la suya.

La habitación se iluminó y los ojos del pequeño Andrés, esas preciosas, místicas y ―en unos cuantos años―, seductoras gemas azules, cazadores de deseo y anhelos prohibidos; sus ojos, se enfocaron en una persona.

No recordaba haberlo visto anteriormente, pero probablemente se debía a que no pasaba mucho tiempo fuera de su casa. El chico al otro lado de los dos patios, era mucho mayor que él. Debía estar alrededor de los veinte (veintidós para ser exactos), era alto, con el cabello casi rapo, muy corto. No pudo saber el color de su piel, por la luz mortecina de su habitación.

Andrés contempló al hombre de una manera callada y sigilosa. De pronto, se sorprendió cuando se vio a sí mismo emocionarse por aquello que estaba haciendo. Su corazón se aceleró como los caballos de una carreta. Palpitaba con fuerza contra su pecho, como si fuera un cachorro emocionado en una jaula. Un pequeño perro regordete cubierto de pelo que, incluso por la emoción, de pronto pierden el equilibrio.

El niño permaneció otros minutos más pegado a la ventana. Observó con atención al chico veinteañero, quien iba y venía en su habitación, resguardado por el reconfortante sentimiento de seguridad que la propia oscuridad (y el silencio de su casa) le brindaban. Lo vio hablar por teléfono, se sentó en la cama donde seguramente se quitó los zapatos o tenis que trajera puestos. Trabajó un poco en un ordenador ―sin dejar el teléfono de lado― y continuó caminando.

Andrés caía pasivamente en un dulce sueño. El fijarse en su vecino, contemplar sus idas y venidas, sus ademanes y exclamaciones silenciosas; le dejó una sensación de paz y tranquilidad. Mientras se comenzaba a internar en los primeros parámetros del Bosque de los Sueños, mientras acariciaba las orejas peludas de Sol, Andrés luchó por mantener los ojos bien abiertos... pero no podía más.

Hasta que la revelación se hizo material frente a él. El color amarillo de la luz de la habitación, realzó la piel bronceada de su vecino. El muchacho, quien se veía de una manera encantadora al espejo como fiel seguidor del narcisismo, que hasta ese momento no marchitaba ni gobernaba los pensamientos de Andrés; se contemplaba de pie frente al objeto de la vanidad, alzó sus brazos y se quitó la playera que traía puesta.

El pecho del hombre quedó libre, desnudo, para despertar a Andrés de su creciente sueño, y junto con este a sus inquietos pensamientos. Levantó su cabeza, abrió bien sus ojos azules, y enfocó su mirada.

Con atención vio: el chico dejo caer la playera, un pequeño boton oscuro brillaba en su lado derecho. Aunque Andrés contemplaba de perfil ese cuerpo semi desnudo, un poco ancho (más bien totalmente ancho a comparación del suyo, que todavía era pequeño), sabía qué debía haber del otro lado, allá donde su vista no le daba el privilegio de contemplar.
Andrés permaneció en silencio, con esa plena conciencia de hacer algo malo y prohibido, pero con la firme determinación de no detenerse. Involuntariamente volteó a ver a la puerta de su habitación, decorada con cosas de niño, y es que todavía era un niño, pero quería hacer cosas de adulto... Y encontró en ese espionaje nocturno, la perfecta oportunidad para hacerlo.

El chico veía algo su rostro, muy pegado al espejo. En su cintura se apreciaba una banda elástica negra que sobresalía de su pantalón de mezclilla. Sus brazos eran fuertes, bien formados, su cuello tenía una fuerza estupenda y después... la perfecta forma de sus nalgas.
El chico se desabrochó el pantalón, se inclinó y lo bajó hasta el piso para quitárselo con las mismas piernas. Traía puesto un bóxer negro, corto, que recortaba la imagen de sus nalgas. Sus piernas (que para alcanzar a verlas, Andrés, tuvo que levantarse por completo y estirar todo su delgado cuerpo) eran gruesas y alcanzaba a ver que estaban cubiertas de un vello negro, disperso arriba y más tupido conforme bajaba.

Andrés dejo de parpadear. No tenía fuerzas para cerrar sus ojos e irse a dormir, como se lo pidió su madre hacia ya casi una hora. No podía seguir acariciando a Sol, la que ante el repentino desinterés de su amo, se hecho en la cama. No podía pensar en nada más, no concebía ninguna idea más, salvo que tenía a su vecino desnudándose frente a é y lo mejor del caso era que lo hacía sin conocimiento de causa.

No podía concentrarse en otra cosa que no fuera el cuerpo del joven que veía frente a él, caminando en su habitación, despreocupadamente y con nada que lo cubriera salvo esa ajustada pieza de tela, que cubría las partes más pecaminosas y siniestras, que mantenía el deseo carnal encerrado en una oscura y húmeda prisión, pero que a la vez eran las más deliciosas que hasta el momento había conocido.

No eran como las que veía en sus amigos en la alberca, este era en verdad un hombre. No otro niño más.

Su curiosidad, esa noche, comenzó a crecer al igual que aquel compañero con el que incipientemente comenzaba a jugar en las noches. Andrés, ante la desilusión de contemplar a su vecino apagar la luz, se recostó en su cama ―con un pequeño gruñido de molestia de Sol―; deseando poder volar hasta la casa de atrás y a la izquierda, para contemplar a aquel cuerpo envuelto en la oscuridad.

¿Cuál era el masculino de hada?, le habría gustado ser uno de esos seres para volar hasta su lado.

Cerró sus ojos y apagó la luz interna de su mente, pero en su corazón, y pasando el ombligo, crecía una llamarada que alumbraba todo su cuerpo. Estando ahí... tendido en su habitación, pensó en su vecino, mientras lo hacía presente en su mano.

Recuerdo

El deseo de tu compañía a mi lado, aquí en mi lecho privado, me vuelve loco.

Como el recuerdo de una noche, con agua caliente y caricias de gemidos que salían por mi boca; cuando entraste a aquella caverna, con deseos de conquista.

Entraste con la idea de conquistarme y llenarme de gloria; entraste, pero en lugar de esclavizarme, me liberaste con tus besos de seda blanca.
Con tus caricias de carne y sangre colocaste la corona sobre mi cabeza.

:::::::::::

Te amo.

Enviado desde mi oficina móvil BlackBerry® de Telcel