Has pensado....

: : : ―Deberías ver los ojos de Axel ―contesté dándole la espalda mientras caminaba hacia la ventana que (no fue ninguna sorpresa) estaba cubierta por tablas.
«Incluso tú llorarías al ver esos ojos.» : : :

jueves, 31 de enero de 2013

Frustrado.

El día de hoy desperté con un sentimiento de frustación sumamente abrumador.
Al principio no sabía a qué se debía, pero conformé di vueltas en mi cabeza, me percaté que se debe a todos las cosas que tengo pendientes.

Supongo que siempre ha sido una manía --o costumbre-- mía el llenarme de actividades. Nunca me ha gustado el dejar pasar el tiempo, solo porque sí; sin embargo, ahora dejo pasar el tiempo porque "no tengo tiempo".
Debo reconocer, primero, que no es cuestión de no tener tiempo, sino más bien de no dárme el que necesito para realizar todas mis actividades.
Aún más, me resulta necesario no solamente tener tiempo sino saber administrarlo adecuadamente (si alguien tiene consejos al respecto, adelante); crei que con la agenda me resultaría suficiente, como si por el solo hecho de anotar los pendientes en cada renglón con sus correspondientes horas del día, sea suficiente para que se realicen con precisión mecánica.

Mi "to do list" --si de algo me sirve-- no es muy extensa, en cuanto a cantidad de pendientes, pero sí en cuanto a la complejidad de estos.
Así, por ejemplo, tengo pendiente la investigación de mi tesis; debo leer libros y libros y más libros de derechos humanos, teoría y filosofía de los derechos humanos y al respecto de las cortes de derechos humanos.
Estoy en el primer capítulo de la tesis y aún no comienzo con la redacción del documento. Esto, naturalmente me ocasiona de pronto sentimientos de desesperación y frustración.
Entiendo, naturalmente, que son sentimientos autoinlingidos, pues nadie me obligó a comenzar con estas actividades; sin embargo, no puedo evitar que me entren los demonios locos y desesperados a mi mente.

Tengo también pendiente comenzar de nuevo la novela.
Hace unos días decidí dejar el trabajo literario de lado para "refrescar" las ideas. Pero ¡Oh maldita fortuna! Las ideas se han refrescado y los personajes me gritan en la mente, se amontonan y amotinan para salir de la prisión en la que los tengo tan injustamente recluídos.
Comenzaré de cero con la historia de Daniel, con un giro de 180 grados.

Pues bien, tengo otras cosas que hacer... Y mientras encontraré la manera de agregarle cinco horas más al día, o de cómo hacerle para que rindan las ya existentes, pues es obvio que necesito dormir al menos siete horas... ¿No?

Saludos, frustrado X. VanGuard.

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La belleza de la vida la encuentras en la misma vida

sábado, 26 de enero de 2013

Otra más

Por lo general tardo mucho en publicar; de pronto estoy con muchas cosas pendientes, así que hoy aprovecho que he encontrado bastante buen material para compartir.

Este video lo vi hace ya algunos años (dos o tres) y la verdad es que me pareció sumamente bien hecho, espero que les guste como a mí (disculpen los subtítulos).


Fantasía

La fantasía es parte de la vida... aprendamos a observarla




Concierto callejero

Me encantaría presenciar un concierto así.


Carmina Burana II. Fortune Plango vulnera


Verum est, quod legitur


¿Su sonrisa?
¿Su figura?
¿Sus manos?

No lo sé... algo me gustó de esta foto.

Bueno, con una sonrisa en la vida.

Comienzo de nuevo...


“Comienzo de nuevo con algo que me ha costado mucho trabajo y prácticamente el doble de esfuerzo”.
Así reza lo que anoche escribí en las páginas de mi diario; en esta ocasión, me refiero a comenzar a trabajar, iniciar de cero, caminar de nuevo, con el proyecto al que he estado anclado hace poco más de un año.
Mi novela, en sus primeros capítulos, avanzó plena y segura del rumbo que tomaría. Escribía párrafos y diálogos con la certeza del objetivo que quería alcanzar; sin embargo, para los últimos momentos me parece que perdí el control sobre ella y juntos nos adentramos en un mar enfurecido hasta que, inadvertidamente, colapsamos contra un acantilado en medio de las olas.
Llegó un (terrible) momento en el que de pronto me percaté de que el motivo que había tenido para comenzar, aquella lejana mañana de sábado en algún café de la ciudad, ya no estaba ahí, en donde tan celosamente lo guardaba. Me había abandonado, ese elemento central que me había llevado a abrir mi computadora y comenzar a acariciar las teclas con mis dedos para que mis pensamientos formaran palabras, líneas y párrafos. Para que las ideas formaran una, dos, cinco, diez, cien páginas.
Me di cuenta que la trama central de la historia ya no era tan importante, de pronto había perdido su fuerza y todo el trabajo se derrumbaba como un edificio sin sólidos cimientos ni fuertes castillos.
Al respecto, el gran Vargas Llosa, en su libro Cartas a un joven novelista, dice non irrationabiliter que la novela es una mentira, una farsa que el novelista —y no escritor, pues evidentemente no es lo mismo, aunque muchas veces coincidan en la misma persona— presenta al lector con la firme y frágil ilusión de conquistar su mente y su imaginación; pues, si lo logra, su misión estará completa. Y ¿cómo habrá de lograr semejante labor titánica, alguien que tiene únicamente las palabras, las letras, las vocales y consonantes, los verbos, adverbios, conjunciones, puntos de ortografía; a su entera disposición? Vargas Llosa dice que a través de pizcas de realidad, elementos realistas que hacen al lector creer que lo que lee es verdad, o puede suceder.
Incluso si hablamos de un dragón morado de alas verdes, explicar por qué es morado y por qué tiene alas verdes, darle un motivo, una razón de ser o de no ser, esa criatura de colores llamativos será real en la imaginación del lector. Es justamente ahí donde me perdí en el viaje —duro y satisfactorio— de Daniel y sus aventuras en París. ¿Cómo es que corrió con tanta suerte para dedicarse enteramente a la prostitución? ¿Cómo es que conoció a todos aquellos hombres, millonarios y poderosos, en tan solo dos o tres capítulos?
Seamos realistas, ¡sé realista!, me dije cuando comencé a reflexionar acerca de estas cosas. Así que lo hice, le daré una realidad a la ficción, comenzaré de nuevo con el trabajo y lo haré real…

miércoles, 23 de enero de 2013

El primer libro del 2013, Alex in Wonderland.

De Michael LaCroix, Alex in Wonderland se desarrolla en Nueva Orleans, EU.

Cuenta la historia de Alexander Sumner, un joven extremadamente rico que, para continuar con la bendición económica de su padre --un poderoso hombre en el negocio del petróleo-- tiene que casarse con la hija de otro hombre de negocios y así asegurar el mayor trato en el mundo del oro negro.

La novela se desarrolla en toda una cadena de acontecimientos que llevarán al joven Sumners tanto a librarse de ese nefasto futuro con una mujer que no ama y por la que no tiene el menor interés, a aceptarse como homosexual y vivir todo un huracán de emociones y experiencias.

Una lectura recomendada, aunque el final me pareció forzado, obligado. Un cuento de hadas, con el "vivieron felices para siempre" de toda la vida; esperaba algo diferente, aunque es de esperarse si se toma en consideración todo el desarrollo de la historia.

La belleza de la vida la encuentras en la misma vida

miércoles, 16 de enero de 2013

Destruyamos todo...

Usemos la pluma, destruyamos la ignorancia, el odio, la intolerancia.

...usemos la pluma...


La belleza de la vida la encuentras en la misma vida

sábado, 12 de enero de 2013

Mañana de fotografía

Una rica mañana de fotografía, con aire helado y sol...

Desnudo

Cicatrices

Camino

A la virtud

Olvidados

Sombra

En la espera

Forma

Caminamos

Sueña

viernes, 11 de enero de 2013

Reflejo


Entré a la habitación, que para ese momento estaba sumergida en una oscuridad prácticamente total. Me acerqué al pequeño escritorio y encendí la vela que sabía estaba ahí, de pie, firme.
La flama rápidamente tomó un cuerpo consistente y la habitación se iluminó con una deliciosa y cálida luz que intentó llegar a todos los rincones, fríos y oscuros.
Me coloqué de frente al espejo que tengo apoyado en contra de una de las paredes y observé mi rostro. Miré mi reflejo fijamente, de forma paciente, sin prisas ni preocupaciones. Pasé mis dedos por la barba negra y acaricié mis mejillas. Mi piel aún estaba helada, la nevada de la noche prácticamente me había cortado la piel.
Deshice el nudo de mi corbata y la aventé sobre la cama, ya destartalada y sumamente helada para acostarme en esos momentos; abrí los primeros botones de mi camisa y sonreí ante la loca y magnífica idea que llegó en ese momento a mi mente. Acerqué la solitaria veladora hacia un mueble enseguida del espejo. Guardé silencio, de pensamientos, y agucé el oído para asegurarme que nadie más en la casa estaba despierto.
Era un hotelucho en el centro de la ciudad, una mansión ya vieja y azotada por el tiempo, que albergaba a unas cincuenta personas; en su mayoría exiliados de otras latitudes o artistas ingenuos y derrotados como yo. En el último piso había un pintor y un músico, en la habitación al lado de la mía había un escultor y estaba yo, que me consideraba escritor y poeta. Tan solo lo era cuando tenía a mis musas —infinitas botellas de vino— a mi lado.
Al convencerme de que el silencio era lo único que imperaba en aquél enorme edificio, que reproduce el eco hasta de las pisadas de los gatos o perros, sonreí plenamente complacido. Estaba solo, en la penumbra de mi habitación, y solamente tenía el reflejo de un hombre delgado y de estatura promedio que estaba de pie con un traje sucio y gastado, una camisa blanca que ya tenía manchas de sudor y de vino, con zapatos llenos de lodo y con la chaqueta agujerada de una manga.
No me importó. Mi reflejo resultó sumamente cautivador. Es apuesto, pensé mientras me acariciaba el rostro y mi gemelo imitaba mis movimientos.
Aventé la chaqueta a un pequeño sillón que tenía en la esquina de la habitación, enseguida de mi modesto escritorio, y solté los botones que faltaban en la camisa. También cayó al suelo y después la acompañó la prenda interior que traía debajo.
Entonces me sorprendí. Jamás había visto mi cuerpo de esa manera. Todas las mañanas, cuando tomo un baño, veo mi piel, mi pecho, mi abdomen; pero jamás lo había observado como aquella gélida noche, al calor de una pequeña vela.
Acaricié mi cintura, jugué con mi ombligo y pellizqué sutilmente mis pezones. Pasé mis manos por mi pecho y subía y bajaba por mis costados. Era hermoso. Mi cuerpo, de figura natural, con los músculos apenas perceptibles, pero finamente marcados, parecían resaltar con el juego de luces y sombras que ocurría a mi alrededor gracias a la única fuente de luz.
Observé mis hombros, cuidadosamente. Los pequeños lunares, de color café, parecían como si un descuidado pintor hubiera dejado caer unas cuantas gotas de pintura en el cuadro que era mi propio cuerpo. Ahí estaban, mis brazos, mi pecho, mi ombligo.
El vello que partía mi cintura desaparecía debajo de mi pantalón y mi ropa íntima. Desabotoné el pantalón y lo dejé caer al pantalón, me deshice de él con los pies y lo arrojé cerca de la pila donde estaba el resto de mi ropa. Solamente tenía mi ropa interior, blanca. El frío de la habitación no me molestaba en absoluto, en ese momento todo se convirtió en una escena deliciosamente erótica.
Encontré a la figura que tenía frente a mí, magistralmente seductora. El joven era delgado, de piel clara, que reflejaba los amarillos rayos del diminuto sol que ardía a escasos centímetros de mí. Tenía un cuerpo bien formado, por el solo paso de los días y la vida. Sus brazos eran finos, pero demostraban fuerza y firmeza pues las venas saltaban en sus manos.
La barba enmarcaba un rostro afilado y hacían juego con los rizos de su cabello castaño. Los pezones y su ombligo estaban un poco rodeados de vello, pero en general su cuerpo carecía de pelaje.
Entonces lo quise hacer, quería verlo completamente desnudo.
Mis manos tomaron la prenda blanca y despojaron al cuerpo de ella. Ahí estaba, era una belleza. Me tenía completamente hipnotizado. La mata de pelo negra rodeaba perfectamente un miembro que colgaba libremente. Sus piernas demostraban fuerza, acostumbradas a correr repentinamente gracias a los constantes problemas que el joven tenía con los demás. Sus pies eran también denotaban una firmeza que era necesaria para sostener a todo el cuerpo que estaba sobre ellos.
Su miembro, su miembro fue lo que llamó más mi atención. Enfoqué mi mirada y entonces comenzó a despertar.
Sentí un ligero escalofrío, delicioso y perturbador, y entonces aquello comenzó a crecer y a endurecerse.
Era imposible, imposible, me decía a mí mismo, descaradamente me coqueteaba, el muchacho de rizos que estaba frente a mí se me insinuaba abiertamente, me invitaba a explorar la pasión y el deseo.
Entonces llegó a mi corazón, como la gélida tormenta que había afuera, en la ciudad, una puñalada de hielo. Tuve miedo.
Miedo a ser descubierto, miedo a que otros me observaran observarme a mí mismo, contemplarme, erotizarme con mi propia imagen.
Si alguien más me observaba sería mi perdición. Era un momento de la existencia humana en que el placer del cuerpo, la satisfacción de los más perversos y enfermos deseos, estaba totalmente prohibida. No podían observarme así, nadie.
Pero confié en que la puerta estaba cerrada, mi corazón latía con fuerza y sumamente rápido. Recordaba hacer cerrado la puerta.
Sí lo hice. ¿Lo hice?
Pero no podía concentrarme en eso. Ahora debía tocarlo, su figura era simplemente divina. Debía tocarlo.
Puse mi mano alrededor del miembro erecto que ardía, a pesar de la fría habitación; cerré mis ojos y exhalé deliciosamente, feliz.
Otro escalofrío, este más intenso, recorrió mi cuerpo y se perdió en algún lugar entre mi mano y el cuerpo que latía y bombeaba sangre con fuerza.
Inconscientemente, gemí. Gemí en la oscura habitación, quizás demasiado fuerte.
Entonces escuché un pequeño ruido, un rechinido en la vieja madera de las escaleras y el natural sonido de pisadas en la oscuridad.
Guardé silencio, aguanté la respiración y apreté más la mano.
No hice un solo ruido.
Entonces, después de dos pequeños golpes en la puerta —lo suficientemente largos para guardar la compostura de tocar, pero también cortos, pues no tuve oportunidad de negarle la entrada a quien quiera que fuera el intruso—, el hermoso pintor, de cabello azabache abrió intempestivamente la puerta.
Estuvimos los dos, de pie uno frente al otro, hasta que entró a la habitación, cerró la puerta y echó el seguro y yo apagué la vela.

A. A. R.

Enero de 2013

miércoles, 9 de enero de 2013

Salir del closet, hacia uno todavía más grande.


Indudablemente, uno de los pasos más duros, difíciles —e incluso peligrosos— que tenemos que dar quienes nos sentimos atraídos hacia personas de nuestro mismo sexo (nótese que evito el término homosexual, en un intento de evitar el encasillamiento o etiquetamiento dentro de las relaciones humanas) es aceptar nuestra realidad que nos indica que somos diferentes, aceptar el hecho de que algún compañero nos hace sentir algo extraño en nuestro interior, de que nuestro vecino de toda la vida tiene una sonrisa encantadora, que la amiga con la que salimos a tomar algún café tiene unos ojos deslumbrantes.
Sin duda, algo que nos resulta sumamente difícil es aceptar —primero ante nosotros mismos y después hacia las personas cercanas— esa pequeña característica que, en conjunto con todas las otras, nos hace únicos e irrepetibles.
Salir del clóset puede ser una experiencia verdaderamente perturbadora para muchos; para otros puede representar un sentimiento de tranquilidad y alivio; pero para muchos de verdad les exige un gran esfuerzo y sobre todo mucho que perder.
Hablaré ahora de mi experiencia.
Podemos decir que “salí” del closet cuando tenía 19 años, o más bien me empujaron con fuerza hacia afuera. Por un desafortunado evento, mis padres se dieron cuenta de esa terrible realidad que es tener un hijo joto.
Naturalmente, aquella tarde tuvimos nuestra primera plática —que se basó en gritos, llanto y reproches— que fue sucedida por terapias psicológicas, un excesivo control sobre mis asuntos privados e íntimos —como querer saber a dónde y con quién salía, qué hacía, quién me hablaba por teléfono, qué veía en internet y otras tantas cosas más— y una completa pérdida de confianza de mis padres hacia mí.
En lo único en que pensaba, noche tras noche, era qué mal había hecho. ¿Qué hice?, me preguntaba constantemente mientras lloraba solo en mi habitación, sin verme siquiera ante la posibilidad de encontrar una respuesta satisfactoria. Por más que lo intentara no podía encontrar nada que me dejara tranquilo, alguna loca idea de “mataste a una persona”, “le robaste a alguien”; nada de eso, entonces solamente me preguntaba qué demonios había pasado.
Como seguramente sucede en muchos casos, mis padres sí me trataban como si fuera alguien quien debe estar bajo constante vigilancia, como si fuera algún delincuente, como si hubieran vivido la vergüenza de pagar mi fianza para salir de la comandancia de policía o como si me hubieran detenido en la comisión de un delito.
No me restringieron el uso del teléfono, pero se volvió una práctica común que mientras me encontraba en una llamada mi madre llegara a sentarse a mi lado, o entrara a mi habitación con el pretexto de conseguir una maldita pluma. No me prohibieron las salidas, aunque sí se restringieron, pero el interrogatorio que había de cumplir previa mi salida era, en una palabra, desgastante.
Mi salida del closet fue un momento que marcó mi vida, reconocerme tal y como soy, ante mis padres, fue un golpe duro, pues en primer lugar no estaba listo para ello. No se tomó en consideración mi parecer, sino que la vida simplemente puso los medios para que de pronto llegara a mi casa y mis padres me preguntaran directamente: “¿Qué son esas cartas que encontramos?”
Sin embargo, y por una afortunada circunstancia, llegué a superarlo. Caminé y experimenté ese trago amargo solo y fue cuando me decidí a ser mejor de lo que ellos me consideraban; fue en ese momento, no para callar las críticas y absurdas preguntas de mis padres, que me dediqué a ser mejor, mejorar en todos los aspectos de mi vida, personal, académico, en el campo de los amigos, de las parejas.
Estuve solo cuando esos desafortunados eventos ocurrieron, como generalmente sucede en la vida de una persona. Tuve grandes amigos, importantes y trascendentales personas en mi vida que me ayudaron a caminar y siempre sonreír; sin embargo, cuando llegaba de nuevo a la casa, en la oscuridad de la noche, me acostaba en la cama y lloraba en solitario. A pesar de quienes estuvieron a mi lado, fue una experiencia que desafortunadamente no puedes compartir con alguien más y simplemente debes aguantarla solo, y así lo hice.
Me dediqué a mejorar mi estilo de vida, me enfoqué en rodearme de personas de calidad, intenté comprometerme con mi carrera y con mi pasión, las letras.
Los libros se convirtieron en mis grandes amigos, mis historias en la forma en que podía gritarle al mundo y escupirle a los mismos dioses. Encontré la forma de compaginar mi conducta con encuentros sexuales con otros; todo era la forma en que quería tratar esos momentos (terribles) que sucedían en mi vida.
De buenas o malas, o peores, salí de aquella situación y aprendí a caminar solo; visualizar un futuro y caminar hacia él, hasta alcanzarlo. Hice la paz con el conflicto interno que llevaba ya cerca de seis o siete años —¿por qué me gustan los hombres?—, y éste por fin comenzó a menguar hasta que aprendí a aceptarlo como parte de mi esencia; hasta que comprendí que eso que me hacía diferente, era igual que mis ojos verdes o mi piel blanca, igual que mi cabello negro o mi estatura. Era lo mismo que era mi interés por la literatura o por el derecho, era una característica más de todo aquello que formaba mi persona. Cuando aprendí a aceptarlo, y después a mostrarlo orgullosamente, el conflicto terminó. Era una persona plena, consciente de lo que quería y ambiciosa a fin de lograrlo.
Así fue mi salida express del closet, sin embargo, salí para entrar a uno todavía más grande.
El mundo ha comenzado a mostrar más apertura frente al tema de la diversidad sexual. Tenemos gobiernos que comienzan a extender derechos —mediante el reconocimiento de igualdad— a personas gay, lesbianas, bisexuales, transexuales, intersexuales; sin embargo, muy a pesar de la positiva realidad que se comienza a observar, encontramos que instituciones religiosas y grupos políticos conservadores aún se oponen a aceptar la igualdad de la persona como un derecho humano.
El discurso político deja mucho que desear, pues se carece de una práctica política verdaderamente coherente y acorde a la realidad que vivimos.
No podemos negar que existen parejas de hombres o mujeres que han vivido años, 60, 70, 80, uno siempre al lado del otro, que han compartido alegrías, tristezas, decepciones, enojos; no podemos cerrar nuestros ojos y no reconocer que niños y jóvenes que han sido educados, cuidados, protegidos y queridos —y no abusados y maltratados, aunque también existan estos casos— por parejas de hombres o mujeres, son ahora exitosos profesionistas o alumnos regulares que entienden igual que los demás, aunque con una diferencia: toleran más que los demás.
Pero no escribo esto para reclamar las injusticias sociales que en materia de equidad existen dentro de las sociedades “modernas”, y mucho menos dentro de la mexicana —tendré otro momento para ello—. Escribo estas líneas para asegurar que salí de un closet interno para salir a otro que me presenta trabas y obstáculos más difíciles de superar.
No me dedicaré a hablar sobre los tratos que la sociedad tiene hacia conmigo, de las oportunidades en materia de seguridad social, por ejemplo, que tenemos mi pareja y yo. No hablaré sobre estos temas pues vivo una realidad aún más compleja y dolorosa.
El rechazo y la discriminación son conductas naturales, inherentes al ser humano cuando éste se encuentra en un estado de ignorancia. Es comprensible entender que una persona le teme a un cometa cuando no sabe lo que es, o que se niegue a aceptar ciertas conductas cuando no tiene el por qué de ellas. Pero lo más grave no es estar —valga la expresión— en un estado de ignorancia, sino querer permanecer en éste.
Lo verdaderamente peligroso es aferrarnos de los dogmatismos y las “creencias de ojos cerrados” que somos tan susceptibles de atesorar; lo delicado es negarnos a la apertura mental que exigen tiempos tan cambiantes como los que ahora vivimos.
Y, en mi caso, estas cuestiones las encuentro aún sumergidas en lo profundo de mi familia.
Me resulta sumamente desgarrador el mentir para verme con mi novio, hablar despacio por teléfono porque alguien puede escuchar, no estar juntos para el aniversario de mis padres o para la boda de mi hermano —cuando sea—. Es un martirio, agotador, el idealizar a una persona y ni siquiera poder compartirlo con los que son más cercanos a ti. No poder decir estoy enamorado. Escabullirse a las preguntas de ¿Qué tal la novia? ¿Para cuándo te casas?
Y, más allá, el soportar aún las preguntas que siguen cuando cuelgas el teléfono o cuando te arreglas para el sexto aniversario y no puedes decir que irás con tu novio a pasar un rato juntos y después cenar en un lujoso restaurante.
Salí del closet de mi persona y de mis amigos. Me acepté como soy y me presenté ante ellos como tal; pero con mis padres y hermano, aún debo aparentar, pretender. Evitar el tema, indiscutiblemente, y jamás mostrarme como soy, único e irrepetible.
Anhelo decir te amo en voz alta, deseo hablar de ti, que te sientes a mi lado, en nuestra mesa…
Pero salí del closet, hacia uno todavía más grande.

Basta de anonimatos, salgamos de nuevo del closet.

Arturo Rubio.

domingo, 6 de enero de 2013

Recuendo... 09-13

Desde que inicié el blog, en diciembre de 2009, hasta el día de hoy llevo 544 publicaciones.
Afortunadamente, voy en ascenso con el número de entradas que he hecho en los tres años:

2009 – 15
2010 – 118
2011 – 197
2012 – 210
3013 – ¿?

En este momento me tomo un momento para agradecerles a todos mis lectores, muchos o pocos, que comparten conmigo comentarios y opiniones, que ven --al menos rápidamente-- lo que este ingenuo escritor publica en este espacio.

Gracias por hacer suyos --con su lectura-- mis emociones y sentimientos. Enojos y alegrías, decepciones y asombros; gracias por acompañarme a lo largo de estos tres años.

¡Saludos a todos!


Nuevas adquisiciones

Estas son mis nuevas adquisiciones visuales --y con esto comienzo el 2013--. Éxito a todos, que sus metas y deseos se realicen, trabajemos duro, descansemos mucho y que estemos rodeados de amor, alegría y amigos.

Los quiero a todos, Héctor, Eva, Marquesa. 

Feliz año 2013.






sábado, 5 de enero de 2013

David

¿Qué es la belleza? ¿En dónde la encontramos? ¿Hasta dónde llega nuestro deseo de ser bellos?

Mucho se ha dicho, incluso en este espacio, al respecto de la belleza y la percepción que tenemos de ella. Incluso me he llegado a preguntar si está íntimamente ligada con la juventud; sin embargo, considero que la belleza define a todo aquello que deseamos captar y percibir mediante nuestros sentidos. La belleza es lo que llama nuestra atención de algo, o alguien.
Una historia es bella, una anciana es bella. El joven prostituto es bello, la pasión por la pintura es bella.

Gracias a una afortunada ocasión, me encontré el video que les dejo a continuación y me digan... para ustedes ¿qué es la belleza?

Dedicado especialmente a Héctor, el amor de mi vida, un bello ser humano quien entiende de estos temas... Te amo.


jueves, 3 de enero de 2013

Y toda la nieve?

No sé si serán fotomontajes o no, pero son fotos interesantes.

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La belleza de la vida la encuentras en la misma vida